Bien sabido es que la perfección no existe. Sin embargo, todos en algún momento y de alguna forma (directa con uno mismo, o indirecta y con los demás) hemos tratado de encontrarla para sentirnos más seguros o para llegar a una excepción que confirme la regla.
Resulta curioso, a la par que incomprensible en la práctica, cómo podemos encariñarnos más de las imperfecciones de las personas a quienes queremos, que de sus virtudes y sus puntos fuertes. Las cosas que les averguenzan, las que les hacen sentir pequeños y débiles, son las cuerdecitas de una piñata que enfunda su autoestima en una bolsa bien frágil.
Y para nosotros no son sino caminos, ventanales, recovecos por los que entrar.
Y es que podemos utilizar esos sentimientos como objetivo, como ropas rotas que remendar, a fin de hacer felices a quienes queremos. Y esto es en verdad difícil, pero nos gustan los retos cuando no hay prisa.
Claro que nos gustan las cosas buenas y bonitas, y nos disgustan las feas y negativas. Pero queriendo, ningún defecto es demasiado grande como para no adorarlo, fotografiarlo, enfrascarlo.
Y vosotros, ¿os enamoráis de los pequeños defectos y debilidades? ¿os gusta besar heridas?
